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Lejos de la creencia de que el estrés es un fenómeno de la actualidad, podemos mencionar que desde tiempos primitivos el hombre padecía tensión nerviosa. Aunque en la prehistoria no existían ciudades abarrotadas de gente, congestionamientos de tránsito, crisis económicas o inflación, nuestros antepasados tenían que enfrentarse a desastres naturales, animales salvajes, devastadoras enfermedades y pestes o librar luchas brutales, prácticamente “cuerpo a cuerpo”. La diferencia está en que las vivencias de estrés eran espaciadas en tiempo mientras que hoy día no existen períodos sino que las olas de estrés se suceden una tras otra.
Vivimos en una época de mucha tensión y para comprobarlo, sólo hay que mirar la rapidez con que caminan las personas por las calles con sus rostros fruncidos o escuchar las palabras soeces que se gritan los conductores al conducir, entre otras cosas.
El estrés lo viven las personas, no importa la estructura social a que pertenezcan. Sin embargo se cree que en el nivel socioeconómico más alto y más intelectualizado, el estrés suele ser mayor, porque las exigencias también son mayores.
Esta sensación de amenaza rara vez nos abandona, porque la radio, la televisión y los periódicos se encargan siempre de mantenernos al día de las tragedias y eventualidades. Es posible y usual que no se advierta esa ligera tensión cotidiana ya que el ser humano termina adaptándose a ella, pero esa tensión residual con los días va mermando la salud y la productividad. Sentirse tenso y agotado es frecuente por el ritmo de vida acelerado que llevamos pues existen tanto presiones laborales como de orden familiar o social en general.
Es relevante señalar que el estrés no se limita a situaciones de peligro o circunstancias desagradables. Según Selye (1974) existen dos tipos de estrés. Uno bueno (eustress) que es el motor de la vida y de la evolución y otro malo (distress), perjudicial para nuestra salud física y bienestar psicológico.
Es cierto que ocurren situaciones que por su naturaleza y peligrosidad resultan estresantes para todos (guerras, desastres naturales). Sin embargo hay otros que siendo naturales pueden ser estresantes para algunos. Por ejemplo: Si empieza a llover y usted es anfitrión de una fiesta al aire libre, la experiencia se convierte en estresante para usted.
Un matrimonio, por ejemplo, es un acontecimiento emocionante y feliz, pero también produce estrés porque marca cambios radicales en la vida de los cónyuges, padres, amigos, exnovios.
Mientras Holmes y Rahe subrayan que el estrés surge de eventos dramáticos en nuestras vidas, otros psicólogos como Lazarus y De Longis señalan que también de condiciones crónicas y “nimiedades”, malestares, irritaciones y frustraciones que se convierten en residuales y que posteriormente causan estrés.
Para Fernández Seara (1998) “el estrés más que una enfermedad es un conjunto de síntomas que surgen como consecuencia de unas exigencias y demandas jamás conocidas y a las que debemos dar constantes respuestas. El estrés es como una reacción de nuestro organismo a un medio ambiente sobrecargado de estímulos que exigen de él una constante acción adaptativa”.
La emigración es un fenómeno que se ha dado desde todos los tiempos. Por diversas razones las personas abandonan sus países buscando mejores condiciones de vida. Diversos problemas de índole político, económico, religioso, ideológico, social, sanitario, educativo y bélico son algunas de las causas que durante mucho tiempo provocaron la emigración.
Actualmente , las personas emigran también por razones laborales y académicas.
Los emigrantes deben adaptarse a una cultura, estilo de vida, idioma, clima, comidas, entre otras cosas y deben ser rápidos en esta adaptación.
Así mismo deben afrontarse a la nostalgia que produce la separación de su familia y amigos.
Estos dos elementos: El adaptarse rápidamente y la separación de su familia y amistades pueden ser los desencadenantes de un gran estrés.
El estrés de los inmigrantes tiene cuatro factores vinculantes: soledad, al abandonar la familia; sentimiento de fracaso, al quedar sin posibilidades de acceder al mercado laboral; sentimiento de miedo, a veces por quedar sometidos a mafias, y sentimiento de lucha por sobrevivir.
Joseba Achotegui, psiquiatra de la Universidad de Barcelona, uno de los especialistas del llamado “el síndrome de Ulises”, afirma que el perfil y la magnitud del trastorno son mayores de lo detectado, ya que sólo se conoce “la punta del iceberg”. La enfermedad social fue bautizada con el nombre de la figura mitológica de la antigüedad, protagonista de la Odisea de Homero, que, atribulado por retornar a su país y a su casa, sufre peligros y adversidades.
Uno de los problemas a los que se enfrentan los médicos es que no siempre se puede identificar la patología mental, debido a las diferencias culturales. Así, mientras que los inmigrantes sudamericanos son capaces de expresar lo que sienten y te dicen que tienen estrés o están deprimidos, los africanos subsaharianos, por ejemplo, somatizan más la enfermedad y acuden a la consulta aquejados de dolores de estómago que, en realidad, obedecen a un trastorno mental», señala Teresa Hernando.
Una de las consecuencias de los problemas mentales que sufren los inmigrantes y del desarraigo es el consumo de drogas. “Nos hemos dado cuenta de un elevado consumo de alcohol y tabaco entre la población extranjera, motivado en parte por la soledad, el estrés y los estados depresivos que sufren”, añade esta especialista.
En relación a los problemas mentales, a un 6,5% de los inmigrantes se le ha diagnosticado trastornos mentales, que se deben al duelo por la separación de su entorno (duelo migratorio) y al estrés por los problemas que tienen (falta de papeles, de trabajo...), según Rafael Guaita, coordinador de atención sanitaria al inmigrante de la Generalitat. Estos factores causan el llamado síndrome de Ulises, que se traduce en depresiones, ansiedad, insomnio, cefaleas, fatiga, irritabilidad, confusión o pérdida de la memoria y otros síntomas. Un estudio de Barcelona indicaba que un 58% de los inmigrantes que van al médico tiene depresión; un 37%, migraña.
La inmigración es un factor de riesgo para la salud mental; por ello para que un tratamiento sea eficaz es necesario el conocimiento de la cultura de origen del inmigrante, de sus valores y de su concepción de la salud.
Las pérdidas psicológicas que ocasiona la inmigración, denominadas duelo migratorio, suponen "un complejo proceso de reorganización personal y un gran esfuerzo psicológico de adaptación a los cambios". La familia y amigos, la lengua y cultura, el paisaje, la situación social y el contacto con el grupo étnico son algunos de ellos. La depresión y la distimia son los trastornos psiquiátricos más frecuentes entre los inmigrantes, además del trastorno específico conocido como Síndrome de Ulises, que se manifiesta con depresión unida a estrés.
Los inmigrantes tienen distinto sentido de la individualidad, de la culpa, de la concepción del hombre como centro del mundo y de la personalidad ideal. Existen además diferencias de poder dentro del grupo social, distinta valoración de lo masculino y lo femenino, de tolerancia de la ambigüedad y de forma de expresión de las emociones, por lo que, "para entender la expresión sintomatológica se ha de entender la cultura de origen que los síntomas de la depresión en el colectivo de inmigrantes, como la tristeza, el llanto, la baja autoestima, la culpa, la ansiedad, las preocupaciones, la irritabilidad, las alteraciones del sueño, las cefaleas o la fatiga ya que poseen también características propias".
No todos los inmigrantes reaccionan de la misma manera. Algunos se deprimen, otros manifiestan síntomas en diversas partes del cuerpo. El dolor de cabeza, de espalda, alteraciones cardiovasculares, gastrointestinales, respiratorias, disfunciones en el sistema inmunológico (alergias), son algunas de las molestias que pueden padecer los inmigrantes. Muchos inmigrantes usan la somatización para expresar el duelo migratorio insuficientemente elaborado.
El estrés producido por la emigración puede producir un aumento de las quejas psicosomáticas, de la ansiedad interpersonal e incluso, dar lugar a la aparición de psicopatías diversas. El estrés puede predisponer el desarrollo de enfermedades psicóticas. Las psicopatologías en los inmigrantes suelen aparecer con más frecuencia en las mujeres (depresiones). También pueden aparecer elementos paranoides.
La emigración supone una ruptura con las rutinas diarias y está acompañada de cambios significativos en el contexto social y familiar con abandono y/o creación de nuevos roles sociales.
Según la escala de sucesos vitales de Holmes y Rahe (1967) acerca del estrés reciente, el ítem que se relaciona con el “cambio de residencia” es el número 32. La emigración es un suceso vital importante ya que éste (cambio de residencia) puede acarrear otros sucesos vitales (cambios económicos, actividades sociales, tipo de trabajo, etc).
No todos los sucesos son igualmente relevantes para las personas. Puede ser negativo o positivo dependiendo del sexo, edad, etc y de la valoración cognitiva, las estrategias de afrontamiento y otros tipos de variables reguladoras.
Todo cambio de una cultura a otra induce en la persona una ruptura entre las experiencias pasadas del individuo y las exigencias del nuevo ambiente, siendo esta discontinuidad sociocultural un fenómeno que puede contribuir al desarrollo de trastornos psicológicos y somáticos (Hong y Holmes, 1973). Cuanto mayor sea esta discontinuidad o cuanto más diferentes sean las culturas, el efecto de riesgo psicopatológico debería ser mayor ya que, se produciría mayor “shock cultural”. En otras palabras cuanto más diferentes sean las culturas mayor es el nivel de cambio e impacto que genera en el inmigrante.
Achotegui defiende un tratamiento médico interdisciplinar donde la entrevista terapéutica, la relación médico-paciente y el abordaje de las diferencias culturales y lingüísticas se realice con técnicas específicas.
Los lazos sociales además de mantener la salud, pueden prevenir un desajuste psicológico en momentos de estrés asociados a la aparición de determinados acontecimientos vitales.
Entre los objetivos que nos debemos plantear para intentar solucionar el problema de la emigración están:
· Facilitar ayudas que respondan a las necesidades inmediatas del colectivo inmigrante.
· Planificar programas de prevención del estrés en los emigrantes.
· Diseñar servicios de información, orientación y búsqueda de empleo a nivel comunitario.
· Apoyar a las empresas que acojan a los trabajadores inmigrantes con ayudas económicas o con el desgravamiento de impuestos.
Es importante asumir el hecho de que con la globalización y expansión de los mercados, cada día es más frecuente la movilidad de los sujetos y la desaparición de límites fronterizos entre los países. Por lo tanto debemos entender y ayudar al inmigrante para que su adaptación sea lo más rápida y eficaz posible y así evitar los síntomas que produce el cambio a una nueva vida.
Fernández Seara, JL. (1998). Stress, Salud y Bienestar Psicológico. Auriensis Ediciones, Madrid, España.
Matey ,P. La depresión y el estrés, dos problemas en aumento. Periódico
Ricart, M. Los inmigrantes llegan sanos y enferman por su cambio de vida. Periódico la Vanguardia 12/12/2003.
Selye, H. (1974) The stress of life. N.Y Mc Graw-Hill
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