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(Acontecimientos
traumáticos, manifestaciones y reacciones de la víctima)
En este trabajo quisiera abordar el tema del Trastorno por Estrés Postraumático (PTSD), dando una visión de conjunto de cómo se manifiesta, cuándo y el por qué de una serie de respuestas que se dan frente al trauma, frente a la agresión y que comienza con una respuesta de estrés en los términos clásicos de temor y huida y de temor y ataque.
Imágenes recurrentes y recuerdos sobre el desastre, pesadillas, pensamientos sobre la muerte, culpabilidad, autocondenación por haber sobrevivido mientras otros murieron, apatía, aislamiento, deterioro de las relaciones humanas y una lucha interna por encontrar alguna formulación cognoscitiva del significado del desastre, son algunos de los síntomas y pensamientos que día a día se repiten en alguien que padece un Trastorno por Estrés Postraumático. Aparece lo que se conoce como el síndrome del superviviente, donde el duelo que sufre la víctima no resulta sobre la pérdida de un ser querido, sino por el sentimiento de culpa por la supervivencia.
Crisis es un estado temporal de trastorno y desorganización, caracterizado principalmente por la incapacidad del individuo para abordar situaciones particulares utilizando métodos acostumbrados para la solución de problemas, y por el potencial para obtener un resultado radicalmente positivo o negativo.
Se enfatiza sobre el trastorno emocional y el desequilibrio, además del fracaso en la solución de problemas o enfrentamientos durante el estado de crisis. Taplin, subrayó el componente cognoscitivo, es decir, la violación de las expectativas de la persona sobre su vida por el proceso traumático, o la incapacidad para manejar situaciones nuevas y dramáticas. “Todos los humanos pueden estar expuestos en ciertas ocasiones de sus vidas a experimentar crisis caracterizadas por una gran desorganización emocional, perturbación y trastornos en las estrategias previas de enfrentamiento”.
Uno de los aspectos más obvios de la crisis,
es el trastorno emocional grave o desequilibrio experimentado por el individuo.
Se describen sentimientos de tensión, ineficacia e impotencia. A rasgos
generales, las personas en crisis experimentan significativamente:
- Sentimientos de cansancio y agotamiento, desamparo, inadecuación
y confusión.
- Síntomas físicos, ansiedad y desorganización.
Una parte de la desorganización es la vulnerabilidad del individuo. Cuando ya no es capaz de enfrentar, todo parece destruirse, ya no queda nada por defender. La sobrecarga de la estructura cognoscitiva deja al organismo confundido. En este estado de la crisis, el individuo puede aceptar información que le explique lo que está pasando. De la forma de integrar o recibir esta información, va a resultar un comportamiento más o menos desestructurado. Probablemente, el individuo oscile en estos episodios confusionales, ofreciendo un estado de ánimo o expresión alternante. En este tipo de acontecimientos tan críticos, graves o inesperados, el desconocimiento de lo que está sucediendo puede facilitar comportamientos automáticos no determinados por ninguna estrategia cognoscitiva, tal y como suele apreciarse.
Casi cualquier definición de crisis se centra en la idea de que el enfrentamiento o la solución de problemas se ha trastornado. La crisis es demasiado grave, demasiado intensa para nuestros recursos, que no resultan ni suficientes ni disponibles para resolver lo que está sucediendo (apreciación subjetiva). La persona en crisis se siente completamente ineficaz para abordar esas circunstancias.
Se resumen en siete las características del comportamiento efectivo:
- Explorar resultados reales y solicitar información.
- Expresar sentimientos negativos y tolerar la frustración.
- Pedir ayuda a otros.
- Trabajar un problema cada vez.
- Ser consciente de lo que propicia la desorganización y la fatiga, manteniendo el control y el esfuerzo como sea posible.
- Dominar y flexibilizar sentimientos.
- Confiar en sí mismo y en otros y ser optimista en cuanto a los resultados.
El estado de crisis se caracteriza por un trastorno en estos procesos: una primera valoración de la situación y el peligro y una respuesta adaptada. La solución racional de problemas es imposible (petición de ayuda, resolver una cosa cada vez...) y se tiene incapacidad para manejar aspectos subjetivos: miedo, dolor, etc.
Fases o momentos fundamentales en la crisis:
- Impacto, retirada y recuperación o desadaptación.
- El impacto produce un efecto de exceso emocional y sobrecarga. Aparece un primer momento de retirada con síntomas tales como la negación, la ansiedad y la inhibición o agitación.
- Si el individuo cuenta con los recursos personales suficientes, o recibe la ayuda necesaria, la recuperación adaptativa supone la resolución de la crisis y, generalmente, hay un fortalecimiento de las defensas y un aumento de la autoestima y la independencia. En el caso de fracasar los mecanismos adaptativos, aparecerán síntomas crónicos con persistencia de las memorias traumáticas, indefensión futura y dependencia.
Tipos
de acontecimientos traumáticos
Meichenbaum distingue 5 tipos de acontecimientos traumáticos:
1) Acontecimiento traumático simple:
Peligroso, perjudicial, amenazador, a menudo imprevisto y abrumador para casi todo el mundo.
- Desastres naturales: inundaciones, terremotos...
- Desastres accidentales: coche, tren, explosión, accidente químico, avión, incendio...
- Desastres de diseño humano intencional: bombardeo, atentado terrorista, violación, agresión, disparos...
2) Trauma repetido, prolongado:
- Natural. Exposición a la radiación, enfermedad...
- Ejecución humana intencional: abuso sexual, maltrato doméstico, prisioneros...
3) Exposición indirecta:
Especialmente en el caso de los niños.
- Hijos de supervivientes
- Exposición a la experiencia traumática de alguien muy cercano, o cercanía situacional al propio lugar del suceso.
4) Traumas Tipo I:
- Hechos traumáticos simples.
- Experiencias traumáticas aisladas.
- Hechos repentinos inesperados y devastadores.
- Duración limitada.
- Desastres naturales, accidentes de coche.
- Los hechos se recuerdan con detalle.
- Mayor probabilidad de síntomas de idea intrusiva, evitación y síntomas de hiperactividad.
- Recuperación rápida más probable.
5) Traumas Tipo II:
- Traumas variables, múltiples, crónicos y permanentes.
- Con más probabilidad de ejecución humana intencional.
Respuestas
generales a hechos traumáticos:
En un primer momento, el sujeto expuesto ante la situación de extremo peligro y amenaza vital, puede poner en marcha dos grandes tipos de reacción inmediata (respuestas inmediatas), tradicionalmente designadas como Sobrecogimiento y Sobresalto.
- Sobrecogimiento: es la reacción más elemental, el más arcaico y el más profundo de nuestros modos de reaccionar ante el peligro. Se trata de una reacción de inmovilidad, de estupor, de agarrotamiento absoluto hasta la paralización. A veces la parálisis dura sólo unos segundos, siguiéndole una reacción elaborada de defensa o huida. En otras ocasiones, puede prolongarse mientras dura el acontecimiento, que el individuo presencia entonces “como si fuera ajeno a la escena”.
- Sobresalto: la reacción de sobresalto se caracteriza por una descarga masiva de hormonas y neurotransmisores en la sangre y SNC, iniciándose una frenética e incontrolable actitud de defensa o escape. En esta situación, no suele darse pérdida de conocimiento, pero sí estados alterados de conciencia, recordando después sólo fragmentos de lo sucedido. También puede darse una conciencia clara, pero con sensación de absoluto descontrol de los propios impulsos y movimientos.
Ante un impacto psicológico considerable, como un atentado terrorista, lo habitual es que se produzca la reacción de sobrecogimiento. En esta etapa, las reacciones no son reflejo de la personalidad ni de las características del individuo, sino un patrimonio colectivo de la especie. Son innatas y reflejas, produciéndose de modo automático respondiendo a un esquema biológico. Son independientes de la voluntad y carentes de control.
Pasados estos primeros instantes y una vez fuera del lugar de peligro, lo habitual es que se produzca un cierto enturbiamiento de la conciencia, que varía desde una leve sensación de flotamiento o extrañeza, hasta un cuadro semiestuporoso con escasa respuesta a los estímulos. Se aprecia un embotamiento general, con lentitud y pobreza de reacciones, acompañado por una sensación de gran laxitud y abatimiento.
Los primeros pensamientos suelen ser de extrañeza e incredulidad y, a medida que la conciencia se va haciendo más penetrante y se diluye el embotamiento producido por el estado de “shock”, van abriéndose paso las vivencias afectivas de una colorido más violento y dramático: dolor, indignación, rabia, impotencia, culpa, miedo, alternándose con momentos de profunda aflicción y abatimiento.
Paralelamente, la memoria parece volver a despertarse y no son infrecuentes las irrupciones súbitas de escenas relativas al suceso, ya sea espontáneo, o en función de algún estímulo asociado.
Estas escenas producen en el sujeto una dolorosa conmoción que suscita un estado de intensa alteración emocional, pudiendo desencadenarse un ataque de angustia. Este mecanismo de intrusión de recuerdos se considera normal en la mayoría de los casos. También suelen observarse irrupciones del recuerdo durante el sueño, en forma de pesadilla recurrente, con despertares frecuentes de alto contenido emocional.
Hasta aquí son reacciones genéricas ante una situación de peligro y se producen sistemáticamente en la mayoría de los individuos. En cambio, lo que sucede a continuación depende mucho de las características y la situación del afectado y su entorno.
Un acontecimiento traumático puede desembocar en situaciones muy distintas si el sujeto se encuentra bien apoyado por su entorno más cercano o si no es así. Prácticamente todos los autores coinciden en el papel de la familia/grupo social como fuente principal de apoyo. En este sentido, se habla de la intervención de dos tipos de factores: Factores de vulnerabilidad y factores de protección. El destino psicológico de la víctima, va a depender en gran medida de la dialéctica entre estos dos tipos de factores.
· Factores de vulnerabilidad: existen tres tipos de factores característicos del sujeto y de su entorno, previos al trauma, que pueden vulnerabilizarle hacia cuadros psicológicos posteriores:
- Factores de personalidad: generalmente son personas con tendencia a evitar experiencias nuevas. Presentan un tiempo de adaptación lento y un locus de control externo.
- Factores biológicos: dependen de unas pautas determinadas de respuesta endocrina y de neurotransmisión.
- Ausencia-Influencia de factores de protección social.
· Factores de protección: son aquellos que, siendo tanto internos como externos, van a proteger al individuo de la posibilidad de desarrollar cuadros psicopatológicos posteriores:
- Factores de personalidad y biológicos: recursos de afrontamiento al estrés.
- Apoyo y protección familiar
- Apoyo social próximo: amigos, grupos de afiliación.
- Apoyo social general: opinión pública, medios de comunicación
- Apoyo social institucional: Estado, Administración Pública
Si la dinámica de estos factores favorece al sujeto, los síntomas se irán metabolizando (readaptación funcional). Si ocurre lo contrario, el desequilibrio de esta segunda etapa se irá agravando, emergiendo y fraguándose en un conjunto de síntomas que determinarán su vida: PTSD y trastornos asociados.
Se van a añadir a los cuadros psicopatológicos, ciertas consecuencias difícilmente tipificables en ocasiones, pero que influyen en gran medida en el sufrimiento subjetivo de las víctimas:
- Ruptura del sentimiento de seguridad, indefensión.
- Pérdida del rol personal o social previos, cambio de jerarquías y criterios de valor.
- Graves problemas de desadaptación social, laboral y familiar.
- Trastornos de carácter: introversión, pasividad, regresividad, dependencia, e irritabilidad.
- Conflictos socio-familiares: que, obviamente, se derivan y cierran el círculo vicioso, desembocando frecuentemente en una situación de desencuentro recíproco, desconfianza y frustración, en el que conviven el aislamiento y el rechazo.
Desde la perspectiva de la víctima, la incapacidad por parte del entorno para comprender la situación y ofrecerle reconocimiento y compensación, acaba constituyendo una segunda victimización, a menudo más dolorosa que la inicial.
Ante la muerte inesperada de un ser querido, se suceden según Horowitz (1.976), reacciones de tensión graves, que pueden ser tipificadas en una serie de etapas:
- El Grito: según este modelo, la primera reacción es el grito, una reacción emocional reflexiva, así como llanto, pánico, grito, desmayo o lamentos. La reacción puede ser más o menos obvia. El llanto conduce a la negación o a la intrusión.
- La Negación: conduce a un bloqueo del impacto. Puede acompañarse de un entorpecimiento emocional, en no pensar en lo ocurrido. Una viuda puede entrar en esta etapa en el momento del funeral, llevando a la conclusión de fortaleza aparente.
- La Intrusión: incluye la abundancia involuntaria de ideas y sentimientos de dolor sobre el suceso. Aparecen pesadillas periódicas. Puede empezar a experimentarlo en los momentos en que han finalizado las gestiones iniciales y se enfrentan a la soledad o a la normalidad. Es entonces cuando suele aparecer el impacto pleno de la pérdida. La abundancia de pensamientos intrusivos puede incluir afirmaciones sobre la pérdida y su impacto.
Algunos individuos omiten la fase de negación y entran en la de intrusión. También se aprecian oscilaciones y retornos de una etapa a otra.
- La Penetración: es el proceso en el que se expresan, identifican y divulgan pensamientos, sentimientos e imágenes. Algunos hacen solos este proceso, otros necesitan ayuda externa.
- La Consumación: Es la etapa final de la experiencia en crisis. Conduce a una integración de la misma en la vida del individuo. A la desorganización de la crisis la sustituye el sentimiento de tristeza por el recuerdo de la pérdida, que se sitúa cronológicamente en el pasado (atención a rituales presentes, altares...).
En 1976, Lifton y Olson describieron lo que se conoce como el Síndrome del Superviviente:
El duelo no resulta sobre la pérdida de un ser querido. Aparece un sentido de culpa por la supervivencia. Imágenes recurrentes y recuerdos sobre el desastre, pesadillas, pensamientos sobre la muerte/s. Culpabilidad, autocondenación por haber sobrevivido (o no haber podido rescatar a otros) mientras los demás murieron. Entorpecimiento psíquico, apatía, aislamiento. Deterioro de las relaciones humanas, y sobre todo una lucha interna por encontrar alguna formulación cognoscitiva del significado del desastre.
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