PAREJAS TRUNCADAS

por Mª José Hernando. Licenciada en Psicología

Aunque no se suela expresar así, la gente tiende a ver la formación de parejas, sea por vía matrimonial o no, como la consecuencia lógica del amor entre dos personas. Vamos, que cupido lanza sus flechas y como consecuencia, dos personas quedan enlazadas para el resto de sus vidas. Los conceptos como «media naranja», «almas gemelas», etc, son muy característicos de esta concepción. Pero los datos de divorcios, malos tratos, tensiones inaguantables, caracteres incompatibles... echan por tierra tan infantil concepción.

Antaño, y aún hoy en día en muchas culturas, las parejas se formaban por un acuerdo entre las familias. Estas parejas de compromiso ahora suelen ser vistas como algo terrible pero desde el punto de vista de la psicología no son peores, ni mejores, que las resultantes de los flechazos cupidianos. Todo dependerá de como evolucionen las cosas. Veamos por qué.

Aunque todos tenemos la sensación de que encontramos nuestra pareja de una forma libre y poética, lo más real es que la encontramos entre un universo de personas bastante pequeño: amigos, amigos de amigos, compañeros de estudios o de trabajo, personas de nuestro barrio, etc. Dicho de otro modo: encontramos nuestra pareja en nuestro medio inmediato, en nuestro entorno.

Claro que hay excepciones, pero solo vienen a confirmar la regla. Esto significa que la absoluta libertad que creemos tener en la elección de pareja no es tan absoluta puesto que está limitada a un número relativamente pequeño de personas. Piensen en cuántas adolescentes se «enamoran» de ídolos estilo Alejandro Sanz y con quién se casarán presumiblemente. Elegimos en una «carta» reducida, pero además, si la persona elegida está «ocupada» hemos de seleccionar otra o quedarnos en una soledad platónica que se admite a los 16 años pero que no suele ser la opción definitiva.

Cuando al fin encontramos la persona perfecta (nos gusta y le gustamos) resulta que nos enamoramos. Enamorarse, desde el punto de vista psicológico es una de las peores situaciones para elaborar proyectos y más si esos proyectos son para toda la vida. El enamoramiento es, básicamente, un estado alterado de conciencia. En estado de enamoramiento nuestro cerebro no funciona a pleno rendimiento: sublimamos la realidad, hacemos cosas estúpidas (eso sí, muy románticas), nos sentimos capaces de casi todo...por no entrar en los detalles del aspecto hormonal. En fin, que el enamoramiento es muy bonito y además da una gran fuerza, pero no es precisamente el estado más aconsejable para la elaboración de proyectos realistas.

La convivencia de una pareja enamorada es sencilla: todo se positiviza, todo se comprende. Pero el estado de enamoramiento (tal como se entiende) es transitorio. Poco a poco nuestras «constantes vitales» se normalizan, la presencia de hormonas en sangre tiende a su concentración normal y ahí empieza a estar la clave de la relación de pareja.

Una pareja ha de basar su relación en una intención: la de compartir la vida (o la forma que cada una tenga de expresarlo). Esto significa sustituir el enamoramiento por un concepto de amor basado en el cariño, la aceptación del otro (no la sublimación) con sus virtudes y sus imperfecciones, con sus fortalezas y sus debilidades; la comprensión de una realidad formada por días maravillosos pero también por etapas de tensión, stress, frustración...; la interrelación, es decir, la influencia de uno en otro miembro de la pareja propiciando una adaptación constructiva; la comunicación, la confianza, la permisividad, el apoyo, y sobre todas las cosas, un grado de «incondicionalidad» que permita vivir la vida sin sentir la presión de un examen continuado por parte de nuestra pareja.

Sintetizando: el enamoramiento como predisposición positiva es útil al comienzo de una pareja, pero como estado psicológico para construir los cimientos de una relación estable, deja mucho que desear. La felicidad dependerá de factores más complejos. Sin duda.


Mª José Hernándo
Licenciada en Psicología clínica y escolar




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