Quien haya sufrido un dolor de muelas sabrá por experiencia que lo que en principio no es un asunto grave desde el punto de vista médico, es algo terriblemente molesto. Lo mismo cabe decir de esos tremendos constipados en los que a una le llegan a llorar los ojos mientras la respiración se hace difícil y la nariz no para de producir líquido. Por muy molesto que sea ese
constipado no es un problema médico grave.
En el terreno psicológico sucede lo mismo con cierta frecuencia. Hay muchas situaciones que podríamos calificar de molestas o muy molestas pero que desde el punto de vista psicológico no pueden catalogarse como graves.
En la adolescencia se producen ejemplos de lo que digo con cierta frecuencia. La adolescencia es una etapa de la vida en la que las estructuras psicológicas se remueven tremendamente porque el ser humano en esa edad ha de incorporar a su rutina existencial algo tan complejo como son las relaciones sociales adultas. Cosas tan simples como qué decir cuando te presentan a alguien, qué ropa ponerse para que resulte adecuada al doble interés de estar presentable desde el punto de vista estético y al mismo tiempo acorde con la moda y el estilo del grupo al que se pertenece o con el que se identifica, o qué hacer para atraer a una pareja sin pasarse de los límites que por defecto o exceso definen a los «paraditos» y los «descarados»; son situaciones que entrañan una gran complejidad cuando no se tiene la costumbre y la experiencia que dan los años. Y de esas situaciones está llena la adolescencia. Por no entrar en los aspectos hormonales...
Todo esto hace que en la adolescencia se produzcan situaciones muy molestas que mucha gente considera que se han de consultar con un profesional. Y no está mal consultar, aunque en la mayoría de los casos no se trate de problemas graves sino de asuntos «molestos» que no es lo mismo.
En el catálogo de asuntos molestos pero no graves debemos incluir los relacionados con comportamientos rebeldes en adolescentes, problemas de relación en esas mismas edades, problemas de disciplina en etapas escolares, temporadas de temores nocturnos en niños, rendimiento escolar en estudiantes (salvo cuando se complica con depresiones o autocuestionamientos excesivos), etc.
En el lado opuesto de la balanza están aquellas situaciones que en apariencia no presentan demasiadas molestias pero que pueden estar escondiendo problemas graves. A veces un joven muy trabajador y estudioso, que presenta unas calificaciones excelentes suele ser percibido como buen estudiante. En apariencia ningún problema. Pero puede resultar que todas esas horas de
estudio o de trabajo frente al ordenador esconden un serio problema de relación, con un grado de autoestima muy bajo. O bien, el ya popular caso de esas personas tan trabajadoras que resultan ser adictas al trabajo. En fin, la idea que deseo transmitir en este artículo es que no siempre hay una correspondencia entre «las molestias» producidas y la gravedad de los
problemas. Pero tampoco quiero inducir al error y hacer que alguien piense que «nunca pasa nada» o al contrario, que hasta en las mejores situaciones aparentes puede esconderse un terrible conflicto psicológico que el día menos pensado estallará.
En psicología hay que huir tanto de la tentación de buscar problemas donde no los hay como de la de minimizar los conflictos pensando que son etapas que ya pasarán solas. A veces, una simple visita al profesional (una visita, no una larga psicoterapia) puede ayudarnos a tener una perspectiva más ajustada de la situación. Puede ahorranos preocupaciones innecesarias o
evitar que por el deseo de simplificar todo nos metamos en situaciones que pueden llegar a ser graves. Lo mismo que en el terreno de la salud física.
Mª José Hernándo Licenciada en Psicología clínica y escolar