"ESCENAS DE CINE COTIDIANO"

por Mª José Hernando. Licenciada en Psicología

Todos sabemos que los directores de cine, cuando quieren producir reacciones en nosotros, crean una estructura de estímulos en la que incluyen, además de la peripecia concreta del protagonista, toda una serie de elementos que tienen como objetivo poner al espectador en una determinada «situación psicológica». Así, utilizan sonidos, colores, sombras, enfoques, etc, destinados al mismo fin. Sin ellos es muy difícil que consigan producir en el espectador respuestas de temor, ansiedad, incertidumbre, risa, o lo que sea que quieran producir en cada momento. De hecho, los grandes maestros del cine son los grandes maestros en el arte de combinar todos estos estímulos de una forma apropiada y, si es necesario, artística.

En la vida real las cosas también funcionan así. Vivimos inmersos en un universo de estímulos que interactúan al mismo tiempo sobre nuestro psiquismo. Lo que sucede es que estamos tan habituados a ellos que la mayoría nos pasan desapercibidos porque nuestra atención, en un ejercicio necesario de «economía», selecciona una mínima parte de ellos mientras mantiene al resto en el cajón de lo inconsciente. Pero el hecho de que nos pasen desapercibidos no quiere decir que no actúen en nosotros.

Pongamos algunos ejemplos:

Ahora que empieza la primavera, los días se hacen más largos, el sol calienta un poco más, el aire se llena de polen, las calles de luz, la gente se aligera de ropa... Nosotros seguimos con nuestras actividades cotidianas, pero en las escenas de nuestra vida hay muchos factores, muchos elementos que han cambiado. Es evidente que, de una forma o de otra, todos esos cambios «modifican» la escena, luego modifican aspectos de nuestro psiquismo.

Pensemos ahora en una persona que acaba de sufrir una gran desgracia o en una que ha recibido una gratísima noticia. Esa persona, a los pocos días, está en su trabajo. Es el mismo trabajo, los mismos compañeros, las mismas tareas. Pero de igual forma que en el cine no es lo mismo que sea «Rambo» quien se enfrente al peligro o que lo haga «Torrente», en la escena cotidiana no será lo mismo el estado de ánimo, el estado psicológico del protagonista. Si pensamos que en ese trabajo concreto los compañeros de la persona en cuestión también están sujetos a variaciones de sus respectivos estados psicológicos, podremos vislumbrar hasta qué punto es variable lo que en una mirada simple puede parecer inmutable.

Pues bien, estas consideraciones que parecen tan simples, suelen traer problemas no tan simples. Para entenderlo, pensemos que hay personas que tienen una habilidad extraordinaria para «ver» e incluso para «manejar» estos «estímulos invisibles» de la vida cotidiana. Personas que siempre saben contar el chiste en el momento apropiado, que saben a quién comentar algo y a quién no, que saben acertar en un detalle o un regalo, que saben qué ponerse y cómo actuar en cada ocasión... Pero también hay quien se encuentra como perdido en la selva: siempre cuenta el chiste en el momento menos apropiado, le hace la confidencia a quien no debe, regala el mechero a quien ha dejado de fumar... Estas personas encuentran una respuesta frustrante que, a la larga, les empuja al retraimiento o la inhibición, les aumenta la inseguridad, les resta autoestima impidiéndoles acometer proyectos con cierto grado de riesgo, etc.

El «manejo de la escena», el arte de dominar la estructura de estímulos de una situación, es algo que no se estudia y que no se enseña. Sin embargo, darse cuenta de que nuestra vida está llena de escenas complejas puede ser el primer paso para llegar a dominar ese arte. Si usted, lector/a de este modesto artículo, no se lo había planteado, plantéeselo a partir de ahora. Verá que es un interesante y divertido ejercicio que, además, le vendrá muy bien.


Mª José Hernándo
Licenciada en Psicología clínica y escolar




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